El Preguntas – Cuento para Navidad

En el pueblo todos le llamaban “El Preguntas”. Y él se decía a sí mismo que, a fin de cuentas, era normal su ignorancia de tantas cosas. Aunque ya tenía 42 años -más o menos, tampoco estaba muy seguro-, su pueblo era uno de los más pequeños de Judá (había quien decía que era “el más” pequeño). Recordaba que, de crío, el rabino se ponía muy contento cuando había cinco niños en su escuela, ¡porque si había cinco es que habían ido a clase todos los niños del pueblo! De todos modos, no estuvo mucho tiempo en la escuela del rabino. Sacar la casa adelante requería muchas manos, y aun así eran pocas. Por eso, desde muy chico le toco pastorear.

Quizá fuera esa la razón de que tuviera tantas preguntas. Pero debía haber algo más. Un par de veces en su vida había peregrinado a Jerusalén. Y aunque aquello estaba lleno de gente que se suponía que tenía mucha sabiduría y muchos estudios y mucho tal y mucho cual, lo que pudo hablar con alguno de ellos (poco, la verdad) tampoco le solucionó nada.

Su mujer se lo decía mucho: “tú es que piensas demasiado”. Pero, ¿qué quería que hiciera? Cuando hacía buen tiempo, el ir con el ganado de aquí para allá le dejaba solo durante varios días, y él no podía evitar que, en cuanto estaba solo, la cabeza empezara a darle vueltas a las cosas. Y los meses en que las alturas del Hebrón echaban el frío sobre toda la comarca, y tocaba tener al rebaño encerrado, también eran muchos los ratos en que, acabadas las labores, la vida se encerraba en casa. Y entonces, la pequeña luz de la lámpara de aceite y su pequeño corro de luz pareciera como que invitara más aún que la soledad a preguntarse -una y otra vez- por todo lo que no entendía.

Y eso sí que lo tenía claro. Él no preguntaba por preguntar, ni por hacerse el sabio, ni por llenar el tiempo en esas largas discusiones que tanto gustaban a sus paisanos (siempre se sonreía al recordar que los ancianos de la aldea estuvieron discutiendo un día entero -y parte de la noche- sobre qué hacer con aquella oveja a la que acababan de degollar para la Pascua y que, herida y todo, se escapó y se fue a morir a la sinagoga).

No. A él le gustaba preguntar porque necesitaba encontrar respuestas. Él estaba seguro de que sus dudas tenían que tener una solución. Que nadie supiera decírsela era una cosa, pero que tenía que haberla él lo tenía muy claro. Sería un pastor inculto de un poblacho perdido en la tierra que Dios les prometió cuando Abrahán. No le debían faltar pecados, porque no podía decir que Dios le hubiera bendecido con bienes abundantes (el rebaño le daba lo justo para sacar adelante a su familia). Incluso estaba dispuesto a admitir que quizá algunas de sus preguntas sólo fueran estupideces. Pero estaba totalmente convencido (las noches cuidando el rebaño dan para mucho) de que algunas de sus preguntas eran totalmente lógicas.

Claro que sabía que había cosas que escapaban a su entendimiento. Un peregrino al que acogieron en su casa hace dos años, por la Fiesta de Las Tiendas, había intentado explicarle dónde estaba esa Roma de dónde venían los soldados invasores, pero él no fue capaz de imaginarse todas las jornadas de tierra y mar que, según decía el forastero, había que hacer más allá de donde se pone el sol. Tampoco había comprendido nunca, y mira que el rabino se lo había explicado de todas las formas posibles, aquello que decía la Torá de que él y los demás hombres se parecían al Creador. Y como esas, muchas. Ya sabía él que esas preguntas no las entendía porque no era sabio, ni había podido estudiar, ni podía estar todo el día leyendo las Escrituras Santas.

Pero había otras que tenían que tener respuesta. Por ejemplo: ¿por qué habían sido invadidos por en ejército extranjero? Todos decían que eso era un castigo por ser un pueblo pecador. Pero él siempre contestaba que más pecadores eran los romanos. Y a eso ya nadie le aclaraba nada. Tampoco sabía nadie explicarle por qué a los justos les solía ir mal en la vida, mientras prosperaban los que no hacían más que romper los mandamientos que recibió Moisés en la Montaña: el rabino le leía una y otra vez los rollos de Job, pero él tenía que callarse -no fueran, encima, a acusarle de blasfemo- que pensaba que Job tenía razón por mucho que el Eterno le echara la bronca. Lo mismo le pasaba cuando decía que la vida tenía que ser algo más que trabajar de sol a sol (y él también de noche) para que, así, sin más, un mal día enfermeras de lepra y se fuera todo a la porra, o tu mejor amigo de repente se enfadara contigo y no volviera a hablarte, o -por cualquier cosa que te encontrabas sin comerlo ni beberlo- todo aquello por lo que habías luchado y sudado durante años y años se esfumara en un instante, como cuando dejas de mirar el rebaño un momentín y, de pronto, descubres que una de las ovejas ha desaparecido sin que sepas ni cómo ni por dónde.

Se arrebujó un poco más en la túnica. La noche no era especialmente fría, pero tampoco esa como para destaparse. Al menos no estaba solo. Sin proponérselo, se habían juntado unos cuantos pastores de su pueblo y del cercano Etam, y estaban guardando juntos los rebaños. Le tocaba a él estar de guardia, y no podía quitarse de la cabeza lo del último sábado en la sinagoga. El lector había leído el texto de la Tora en el que los israelitas pasan a pie el mar acosados por los carros del Faraón, y comentaba las muchas maravillas que el Todopoderoso había hecho una y otra vez con ellos, el pueblo que Él se había escogido como heredad. Y mientras todo el mundo asentía y alababa las maravillas y prodigios de Yahveh, a él se le vino a la cabeza como un rayo uno de los salmos que solían cantar: “ya no vemos nuestras enseñas, ya no tenemos profetas, nadie entre nosotros sabe hasta cuándo”.

Pensó en levantar la mano para preguntar. Pensó que alguien podría decirle por qué ya no había profetas, por qué nadie sabía hasta cuándo habría que seguir aguantando que los prodigios siempre fueran algo que se contaba del pasado, por qué ya no había quien diera aliento de futuro a un presente estéril y cansado.

Pero no preguntó nada, claro. O se habría montado un tumulto o, más probablemente, nadie le habría hecho caso (era más fácil seguir intentando que, a base de hablar mucho de los escasos gozos, se adormecieran los abundantes dolores).

Y ahora, en medio de la noche y del silencio, se daba cuenta de que, casi sin saberlo, había hecho la pregunta que sustentaba todas las otras que hacía: “¿Por qué ya no hay profetas?”. Podía hacer esa pregunta de muchos modos (por qué no sabemos hacia dónde tirar, por qué ya todo se reduce a que un día siga a otro y a otro y a otro sin saber qué se consigue con todo eso, por qué el daño de los romanos o el sufrimiento de los endemoniados o la injusticia de los publicanos, por qué las cosas no nos van bien…). Pero la pregunta clave era aquella tan, aparentemente, sencilla: por qué ya no hay profetas.

Él no tenía estudios, de acuerdo, pero sabía de sobra que la historia de los israelitas estaba marcada por los profetas, por hombres (“anda, es verdad, también alguna mujer”, pensó) que habían sido capaces de decir por dónde andaba el futuro, en que dirección se encontraba la respuesta a las preguntas, qué paso había que coger para llegar a alguna parte que mereciera la pena.

Como tantas otras veces, se preguntó si él, que sólo era un pastor, no estaría pretendiendo conocer misterios sólo reservados a Aquel que Todo lo Sabe, y musitó una breve oración. Pero (también como tantas otras veces) enseguida se dijo que no estaba haciendo nada malo. Podía preguntarse por qué ya no había profetas. Y, qué caray, ¡debía preguntárselo! ¿O es que ya todo daba igual? ¿O es que ya sólo existía el día a día (levántate, se justo y honesto, trabaja, mantén a tu familia, ríe de vez en cuando, llora lo menos que puedas, acuéstate y hasta mañana).

¿Dónde estaban los profetas que no te quitaban el dolor pero que sabían decirte por qué te dolía? ¿Dónde estaban los profetas que no hacían que el adobe se amasase solo pero que te explicaban que esos callos de tus manos eran semilla no de una pared, sino de un hogar? ¿Dónde estaban los profetas que, de entre todos los caminos posibles, sabían decir en cuál de ellos se podían encontrar las huellas del Señor? ¿Dónde estaban los profetas que pudieran explicarle a él, un sencillo pastor, por qué sentía que no bastaba con estar vivo, sino que -además- necesitaba estar vivo con abundancia?

Ganas le dieron de despertar a sus compañeros, de gritarles a la vez todas sus preguntas, de sacudirles el cuerpo a ver si así se les espabilaba el espíritu, de exigirles una explicación de para qué vivían o morían, de golpearles con todas las lágrimas que nadie recogía y con todas las risas que no lograban llegar más allá de la esquina.

No lo hizo. ¿Para qué? No habría valido de nada. Hacerse preguntas sólo les vale a aquellos que siguen esperando respuestas, no a los que han decidido que les basta con las que tienen. Quizá por eso ya no había profetas. Quizá por eso ya nadie sabía decir el hasta cuándo de las cosas y los hechos. Quizá por eso lo mejor sería que, una vez más, se recordara eso de que él sólo era un pastor, y que no tenía estudios, y que tal y que cual.

En el pueblo todos le llamaban “El Preguntas”, en su su pueblo, en aquél Belén tan pequeñajo que hasta el Libro Santo lo afirmaba (el rabino les releía una y otra vez al profeta Miqueas: “y de ti, Belén, aunque eres la más pequeña de todo Judá, saldrá el que ha de dominar en Israel”), todos le llamaban “El Preguntas”. Y, como no estaba dispuesto a renunciar a sus dudas, sabía que se lo iban a seguir llamando hasta que se muriera.

Lo que no sabía (no podía saberlo, él no era profeta), es que en lo que quedaba de noche no iba a tener mucho tiempo de hacerse preguntas. No sabía que la rutina de aquella noche se iba a romper muy poco después. No sabía (no tenía forma de saberlo, sólo eraun pastor) que en esos momentos el llanto de un recién nacido llenaba una cuadra en las afueras de Belén. No sabía que él y sus compañeros iban a tirarse toda la noche echando una mano a aquella pareja de jóvenes a los que el dichoso censo ése les había obligado a ponerse en camino desde Nazaret. No sabía que esa noche ya no iba a haber espacio para preguntarse nada porque, vaya por Dios, a la madre le había llegado el momento de dar a luz.

[fuente: cuento escrito por Mochilados y publicado en esta entrada de su blog]

Escribe tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *