Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado 2016

Este domingo, 17 de enero, se celebra la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado: una oportunidad real para que toda la comunidad cristiana reflexione, rece y actúe ante esta situación que muchas personas viven actualmente. El lema de este año –Emigrantes y refugiados nos interpelan. La repuesta del Evangelio de la misericordia–, como subraya el vicario de Pastoral Social e Innovación, constituye una interpelación con la persona de Cristo puramente fundamental.

José Luis Segovia, en una entrevista concedida a Infomadrid, incide en que «la misericordia, el cariño, la ternura, esa pasión que Dios tiene por nosotros», es el origen de que luego «nosotros podamos apostar por el cariño, la misericordia, la hospitalidad, la acogida y la integración social hacia los otros».

¿Qué sentido tiene, en estos momentos que está atravesando el mundo, Europa y Madrid, en concreto, la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado?

      La movilidad humana es un hecho estructural; el ser humano es nómada. Ahora, es verdad que en este siglo XXI, una de las características, junto con la globalización que nos caracteriza, son los grandes desplazamientos por distintas razones… en unos casos, por aspirar a mejores condiciones de vida y, en otros,

    terriblemente, por huir de la violencia de la guerra, de la persecución, política, religiosa o ser objeto de situaciones lamentables, como pueda ser el caso de la trata de personas.
    Entonces, en este momento, el visibilizar desde la Iglesia estas realidades de sufrimiento y de dolor es inexcusable; y más, sobre todo, en un año en el que estamos celebrando el Año de la Misericordia. Por tanto, me parece que tiene absolutamente todo el sentido. Un papel de la Iglesia es, precisamente, visibilizar el sufrimiento, el dolor y las aspiraciones legitimas de las personas. Y, además, no solo el aspecto negativo: no se puede olvidar el hecho de que los flujos migratorios constituye una riqueza enorme para los países de acogida y, en particular, para la Iglesia. Una de las grandes riquezas y un potencial impresionante que tiene la Iglesia de Madrid está constituido por las generaciones que, además, son las más jóvenes de personas cristianas, católicas, que forman parte de nuestras comunidades. Ahí, el desafío es, precisamente, lograr que estas personas, con las que compartimos credo religioso, sientan que nuestras parroquias y comunidades cristianas son un hogar para ellas y participen no solamente en la misa dominical o en determinados actos litúrgicos, sino que formen parte de los consejos pastorales, que se integren como catequistas, etc.
    Ahí tenemos un desafío no pequeño,. Es importante la integración social, pero lo es también la integración efectiva de las personas emigrantes en muestras comunidades y en los roles importantes en la animación de la comunidad. Todavía ahí tenemos que dar pasos importantes…

Emigrantes y refugiados nos interpelan. La respuesta del Evangelio es la misericordia. ¿Qué nos dice el lema de esta jornada?

    Tenemos una referencia que, más allá del Papa Francisco, es el propio Evangelio: fui forastero, fui extranjero, fui emigrante, fui refugiado y me acogisteis. Esa identificación que hace el Evangelio es sacramental e, incluso, con la persona de Cristo constituye una interpelación puramente fundamental. No se nos puede olvidar que nuestra tradición cristiana, en ese sentido, no tiene parangón; es decir, en todas las grandes confesiones religiosas, la figura de la persona pobre, extranjera, vulnerable, es siempre objeto de una atención y una predilección, pero llegar hasta el punto de nuestra tradición religiosa en que estas personas se constituyen en presencia del mismo Cristo, y no solo eso sino, incluso, en juicio final sobre la eticidad con la que hemos vivido nuestra vida, ciertamente eleva los listones de exigencia muchísimo.

¿Y cómo podemos experimentar esa misericordia de Dios en esta Jornada?

    Tanto la misericordia como la caridad, como muchas dimensiones fundamentales de la persona, son bidireccionales. Y exigen, en primer lugar, acogida. Es decir, la misericordia, primero, es un regalo, es un don. Traducido en términos de los hermanos y hermanas migrantes, es recibirlos como un regalo, no como un problema. Ese cambio de óptica me parece fundamental para dimensionar lo que supone la misericordia. Por tanto, vivir la misericordia en este tema concreto, primero es acogerlos como un regalo y, a su vez, ser nosotros un regalo para ellos. Ese es el dinamismo más profundo de la misericordia.
    La misericordia no deja de ser el corazón de Dios que se vuelca hacia la vulnerabilidad humana y, en cuanto es acogido, es capaz de ser repetido y volcado hacia los demás. El amor de Dios es, ante todo, algo que se acoge, exige una actitud primero de pasividad, de receptividad, de ser sujeto paciente; y cuando hemos acogido ese cariño, somos capaces de volcarlo de manera más natural hacia los demás. Hay un componente de bidireccionalidad, acoger al emigrante con todo el cariño y acoger su riqueza y todo lo que nos aporta, desde sus tradiciones, vivencias, desde su juventud.
    Europa se está volviendo una Europa bastante vieja y no en pequeña medida, aburrida y autorreferencial. Sangre nueva, con ganas de vivir, de trabajar, incluso en muchos casos compartiendo nuestra fe, con más intensidad que nosotros mismos, sin duda alguna constituye una riqueza. Hoy, la diversidad no es un problema sino que es una riqueza.

¿Es posible ver el rostro de Jesús en los emigrantes y refugiados?

    Yo creo que no sólo porque sea algo que nos dicen los Evangelios, sino que también creemos profundamente en la fraternidad. Todos los seres humanos somos hermanos. Es una afirmación fundamental de nuestra tradición religiosa que incluso ha sido traducida jurídicamente en el artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuando dice que «todos los seres humanos nacemos libres e iguales y dotados como estamos de razón y conciencia tenemos el deber de comportarnos fraternalmente los unos para con los otros».
    Cuando hasta un texto normativo internacional nos invita a una fraternidad, que obviamente bebe de la fraternidad de Dios, como para no ser nosotros capaces de reconocernos hermanos y reconocer en el otro, que no es otro que el que viene en otro contexto, el rostro de Cristo. Más que un esfuerzo voluntarista es, simplemente, un ejercicio hasta de sentido común y de entrar en la dinámica de la acogida y de la hospitalidad del otro.

Apostar toda la vida a la misericordia de Dios, ¿merece la pena?

    La misericordia, el cariño, la ternura, esa pasión que Dios tiene por nosotros es el origen de que luego nosotros podamos apostar por el cariño, la misericordia, la hospitalidad, la acogida, la integración social hacia los otros.
    La tradición cristiana no es una tradición fundamentalmente ética, lo ético es un momento segundo como decía el papa Benedicto XVI en Deus Caritas est; el cristianismo es, fundamentalmente, un acontecimiento de encuentro profundo con Jesucristo que se experimenta de manera desbordantemente gozosa y que hace que casi espontáneamente en otro momento, no nos quede más remedio que comportarnos de esa manera.
    Como decía san Pablo, somos hijos, como una exclamación gozosa y, por consiguiente, tenemos que comportarnos como hijos, y como somos todos hijos e hijas, tenemos que comportarnos necesariamente como hermanos y hacer del mundo una casa común. Dios no nos ha clasificado por nacionalidades o por razas, somos llamados a vivir una fraternidad universal en la que todos tengamos los mismos derechos y deberes.

[fuente: Infomadrid / Carlos González]

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