Juan Salvador Gaviota con los refugiados

[Crónica escrita por  Pablo Narvarte Frechilla]

Al volver de un campo de refugiados sufres la misma experiencia que le sucede a Juan Salvador Gaviota. Esta fábula habla de una gaviota que aprende a volar y en el vuelo es dónde encuentra el sentido de la vida, de su vida.

Ir a un campo de refugiados griego te da sentido a la vida. Cuando vuelves a España, te sientes fuera de la sociedad, como Juan Gaviota. Sientes que eres un incomprendido. Esta incomprensión te lleva a tener momentos de soledad donde reflexionas sobre el viaje, y cuando aceptas la vuelta, sientes que tienes que compartir la experiencia con todo el mundo. Sientes que tienes que abrir los ojos a la gente, enseñar lo que se pierden e invitar a participar en la aventura.

A lo mejor, te estás preguntando: ¿dónde encuentro el sentido a la vida en un campo de refugiados? Te explico. En un campo de refugiados se trabaja de nueve de la mañana a nueve de la noche. De lunes a domingo. Es un trabajo agotador, lleno de estrés y frustración. A la vez, este trabajo te llena de dignidad, ayuda, servicio, gratitud y humildad. No importa si estás ordenando ropa en el almacén para darla a los refugiados, si repartes el agua por la mañana, compras frutas o verduras o haces actividades con los niños, adolescentes o mujeres. No importa nada por que hagas lo que hagas tu trabajo va a requerir mucho esfuerzo y tiempo, pero ni el trabajo, ni el esfuerzo, ni el tiempo van a agotar tus energías, ya que el campos de refugiados tiene magia propia.

Tus energías se van a recargar al cien por ciento, aunque duermas cinco, seis u ocho horas, las ganas de seguir día a día. Esa magia reside en la gente, gente humilde que vivió en las mismas condiciones que la clase media española, que tiene estudios pero por las guerras, el miedo a la muerte decidieron dejar todo para buscar una mejor vida en Europa.

La gente del campo nos trataba como a su hermano, a su mejor invitado. Ellos nos invitaban a comer, cenar e incluso dormir en sus tiendas de campaña. Los niños se nos echaban encima sin pedir nada a cambio, más que un poco de atención y cariño.

El campo de refugiados me enseñó a valorar la vida, me enseñó lo pequeño de las cosas, me enseñó a valorar el amor y la compañía. Todos estos valores, momentos y toda esta humanidad fue y es la magia que hace la energía inagotable.

Los últimos días antes de irme, empezaban las lluvias, el agua se colaba dentro de las tiendas de campaña. Los niños apenas tenían medios para cuidarse los dientes y muchos tienen los dientes picados. Estos niños tampoco tienen acceso a una educación de calidad, no van a la escuela, pierden estudios. Ante esta desesperación muchos padres deciden que la mejor opción no es Europa (como creían) y vuelven a Turquía o Siria en busca de trabajo, escuela y una vida digna.

Los refugiados necesitan tu ayuda, ellos nos necesitan y poco más pueden esperar. Te invito a colaborar, no necesariamente yendo a un campo de refugiados, sino desde España. Te invito a que tiendas la mano a esas personas que desesperadamente piden nuestro auxilio. Te invito a abrir los ojos para ver el sufrimiento de este pueblo y así poder acoger a todas estas familias desamparadas. Como le pasó a Juan S. Gaviota, cuando sepamos que el sentido de la vida está en volar, no querremos caminar nunca más.

#OpenTheBorders

Pablo Narvarte Frechilla está en Twitter y tiene página en Facebook.

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