La rabieta en la pandemia. COVID-19

La peligrosa rabieta en la pandemia

LA PELIGROSA RABIETA EN LA PANDEMIA

Juan Fernández de la Cueva Martínez-Raposo
– Director del Secretariado diocesano de Pastoral del trabajo de Madrid –
7.1.21

Escuchando a Ignacio Varela en el programa “Por fin no es lunes” de Onda Cero, caí en la cuenta de que una de las causas del mucho sufrimiento causado en la pandemia en el año 2020 ha sido lo blandengues que nos hemos vuelto a causa del progreso y el bienestar.

El progreso nos ha permitido dejar el burro y gozar de transportes cómodos a la vez que rápidos, tener medicinas para casi todas las enfermedades o al menos confianza en conseguirlas, teletrabajar, aunque nos confinen el lugar del trabajo, tener más tiempo de ocio, … Con el progreso hemos conseguido un estado de bienestar personal y social mucho mejor que en los siglos pasados.

La rabieta en la pandemia. COVID-19Pero, paradójicamente, este progreso y bienestar nos ha vuelto más vulnerables emocionalmente. “Porque nos creímos que esa era la forma normal de vivir y que cualquier retroceso en nuestro bienestar es una tragedia”. Porque nos creímos que el progreso y bienestar eran privilegios y/o derechos con los que se nace y que ni siquiera hay que esforzarse en defender.

Por eso estoy de acuerdo con Ignacio Varela que este “confort vital” nos ha hecho frágiles e incompatibles con la adversidad. Nos cuesta soportar renuncias que en cualquier otro momento y lugar se considerarían lujos, y además nos revolvemos ante quienes nos piden esas renuncias, aunque sean temporales”. Tenemos la tentación de ser unos niños mimados.

Repasemos el año 2020: tras dos meses de duro confinamiento, salimos como un toro enjaulado a disfrutar del verano y arruinamos el otoño provocando una segunda ola.   Ahora por salvar un trozo de Navidades estamos provocando la tercera. Y lo malo es que lo estamos haciendo a conciencia. Lo que al principio fue sorpresa e imprevisión, ahora es ya irresponsabilidad manifiesta. Y hablo tanto de los gobernantes como de los gobernados.

¿Qué sentido tiene iluminar las ciudades porque es Navidad, para después pedir a la gente que no salga? ¿Por qué casi ningún gobernante ha tenido valor para decir que, si queremos que el 2021 sea mejor, lo que toca es cancelar la Navidad del 2020? ¿Cómo vamos a mirar a la cara en enero o febrero a los que se contagien y puedan morir por la imprudencia que estamos cometiendo estos días?”

Al común de los españoles de esta época nos cuesta enormemente mirar más allá de nuestro ombligo y renunciar a lo que la cultura neoliberal nos ha convencido de “mis derechos de bienestar”, como viajar para conocer el mundo o el compadrear con mis amigos…  porque eso lo consideramos consustancial al progreso.

En ese caso, nos parecemos a un niño mimado que le cuesta entender la madurez de priorizar el Bien Común e intenta escabullirse a no ser que le pongan una multa. Y cuando se la ponen, se cree con derecho a enfurruñarse contra los que le han quitado “su privilegio”. A esto llamo yo “la peligrosa rabieta en esta pandemia”.

Sin embargo, en el humanismo cristiano nacido de los Evangelios se ha considerado madurez educar para encajar las adversidades en favor del Bien Común de la familia, de la nación o de la humanidad. La solidaridad, en caso de imperiosa necesidad, es un principio prioritario. Si no lo respetamos, la conciencia nos avisa que estamos bajando a niveles inhumanos. Y si nos falta ese resorte personal, la conciencia social nos lo recuerda y hasta nos lo recrimina.

Esta es la tarea de la Iglesia: acompañar a las víctimas a causa de no saber priorizar el Bien Común por encima de mi bienestar, llamar la atención ante la actitud de “rabieta en la pandemia” y animar a actuar con generosa responsabilidad ante la pueril definición de progreso.

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